La montaña de día es un hervidero de gente. Niños con plásticos en mano para tirarse por la nieve y caravanas de coches que alienados se mueven al unísono camino de la ansiada "libertad" del fin de semana.
Así que, para evitar todo eso, salí tarde, a las 18:30 de la tarde, con la noche recién levantada, encontrándome al paso con montones de coches que volvían de un crispante día de nieve, mientras avanzaba hacia el lugar que todos abandonaban.
Según asciendo por el puerto, la temperatura desciende un grado cada 100 metros.
Al llegar allí, apenas cuatro o cinco coches rezagados y una temperatura de -10ºC.
¡Cómo me gusta llevarle la contraria a este mundo de mecanismos automatizados!
En cierto modo es otra especie de esclavitud...
Me vestí con las tres capas reglamentarias para estos casos. Una capa interna térmica, otra que retenga el calor del cuerpo y más gruesa que la primera y una exterior que impida el paso del viento y a la vez sea impermeable. El plumífero, en la mochila, por si las condiciones arrecian, un infiernillo por si fuera necesario calentar algo de agua o las mismas manos, los crampones para solventar cualquier zona helada, un piolet para utilizarlo en caso de deslizamiento o para cavar una cueva en la nieve, un frontal con buena iluminación y una bolsita con unos cuantos utensilios básicos (un silbato, un mechero, cordones, hilo fuerte, bla, bla, bla). Y la noche por delante.
Según comienzo a adentrarme en el bosque echo la mirada atrás para ver qué es lo que dejo..., para comparar la luz artificial de la residencia militar con las fauces negras del pequeño sendero que me introduce bajo los árboles. El contraste es precioso y similar a entrar en otra dimensión.
No es que no se perciba el miedo, lo que ocurre es que la pasión lo supera con creces y no hay miedo que venza la necesidad de percibir lo que quizá, en otros tiempos nuestros antepasados primitivos percibieron.
Al principio cuesta un poco, pero los pies no se paran, ya no eres dueño de ellos. Es tu instinto de superación el que te guía.
El cielo parece limpio, aunque en el horizonte se ven unas manchas negras algo amenazantes. Hay niebla en los primeros tramos y junto con la luz del frontal a veces la mente juega a adivinar figuras espectrales que corretean alrededor. El vaho que sale de mi boca se mezcla con las tinieblas que me avisan de que entro en zona mágica. Pero no puedo parar.
La negrura lo rodea todo, pues no hay luna que me acompañe. Sólo puedo ver a través del rayo de luz que atraviesa la bruma. Apago el frontal y durante unos instantes miro al cielo para descubrir los millones de estrellas que nos observan desde arriba. Ahora entiendo por qué el hombre de la antigüedad conocía tan bien el firmamento. Era su televisión, de una nitidez asombrosa, ni plasma, ni LCD, ni hostias, sólo observable desde un lugar sin luces artificiales y con la atmósfera limpia. Se pueden ver todos y cada uno de los detalles. Todas y cada una de las millones de estrellas.
Sigo mi camino y siento que ya estoy en el estómago del bosque. No hay rastro visible por detrás, no hay rastro visible por delante. La nieve lo tapa todo y aunque la capa no es muy espesa, es suficiente para que todo quede perfectamente cubierto de blanco. Esa sábana blanca le otorga al bosque un caracter benévolo, protector, como el abrazo de una madre a su bebé.
La sensación de estar solo en medio de un bosque nevado por la noche es para mí una experiencia absoluta de independencia, de inferioridad tremenda con respecto a la Naturaleza que tanto castigamos. Es ella, ahora, la que tiene todo el poder. Siento a los árboles como amigos, como escoltas, pues me sirven de referencia y guía, al igual que las piedras que encuentro por el camino. Un respeto absoluto me lleva a intentar no transgredir la paz de los que allí viven.
Después de cuatro kilómetros transcurriendo entre senderos nevados, llego al destino. No es fácil quedarse ahí, pues estoy en una zona alta donde el viento sopla ligero y junto a los ya -13ºC la sensación térmica hace que la temperatura aún sea más fría. Además, estoy sudado. Así que decido darme la vuelta al minuto.
Algo decepcionado estoy, pues no me he encontrado a Fendetestas, ni a ningún alma en pena, ni a ningún fantasma, ni nada de nada que me haga percibir los miedos humanos. A veces oigo un chirrido extraño y me paro, pero no consigo saber de qué se trata. Al cabo de unos metros me doy cuenta de que es uno de los bastones metálicos con el que me apoyo y que a veces, al girar en la nieve, chirría. Claro, llevo la cabeza tapada con un verdugo y no escucho bien.
En un momento dado necesito sacar la mano del guante para ver la hora del móvil y me arrepiento de ello. El sudor se congela y ya es prácticamente imposible hacer entrar en calor a esa mano. Hoy todavía me duele el dedo meñique por el frío. Recordaba entonces a aquellos montañeros a los que habían tenido que amputarles algún dedo por la congelación.
Soledad, soledad y más soledad. Es maravillosa cuando se sabe apreciar y disfrutar.
Llegué de vuelta después de 8 kilómetros de recorrido y en una zona de cobertura telefónica recibí la llamada de un amigo -que conocía mis intenciones- para preocuparse por mí, cosa que agradecí, no sin sentir cierta desazón al difuminarse en aquel momento el clímax de aquella experiencia en total soledad.
Intenté sacar algunas fotos, pero mi cámara deja mucho que desear en esas condiciones de frío y oscuridad. La batería se agotó en los 10 primeros intentos de foto y el flash no es suficiente para llegar a tanta profundidad.
Así que, aquí dejo algún intento por sacar algo digno.
Gracias por vuestro tiempo.
La residencia militar queda atrás.
Ya casi no se ve la residencia...
La boca del bosque.

¡Joder! Casi me quedo ciego al dispararme con el flash.











































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